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Clanes Cántabros |
El
pueblo Cántabro habitó las tierras de lo que hoy se conoce como Cantabria. Según
indica Joaquín González Echegaray la primera cita de los cántabros la hace
Marco Pocio Catón en la primera mitad del siglo II AdC., cuando habla del
nacimiento del Ebro en el país de los cántabros. Sobre
los Cántabros, González Echegaray escribe: Ya se ha insistido en que la región del Norte de España, llamada por
las fuentes romanas 'Cantabria', corresponde a la existencia real de un
verdadero pueblo, que bien puede y debe compararse con otras gentes
hispánicas semejantes a él, especialmente del Norte de la Península, no
obstante es una entidad étnica perfectamente delimitada de las demás e
integrada por numerosas tribus, más o menos homogéneas, de caracteres
etnológicos, antropológicos y lingüísticos muy peculiares. Más aún, creemos
que los propios cántabros tenían conciencia histórica de formar un pueblo,
como lo demuestran toda su historia y especialmente las guerras
cántabro-romanas. Por otra parte, los escritores romanos aceptan unánimes, a
su vez, la presencia de un pueblo concreto y definido en el norte de España,
llamado Cántabro, con unas características propias y una peculiar
idiosincrasia. Durante el s.I dC, el pueblo cántabro estaba dividido en tribus, de las cuales se conocen bastantes nombres. Estas tribus o gentes, a medida que iba avanzando la romanización, fueron convirtiéndose en ciudades con su peculiar régimen político. Se sabe además que junto a las tribus, e integrándolas, ha existido asimismo entre los Cántabros una unidad social, aún más elemental, que es el clan o gentilidad, grupo humano que viene a reducirse a una gran familia. También, esta vez, sobre todo a través de las inscripciones, conocemos muchos nombres de clanes Cántabros. Unidad política En cuanto a la unidad política del pueblo cántabro, se han planteado muchas dudas de si existía un régimen superior capaz de coordinar entre sí las tribus y de dirigir los destinos políticos del pueblo cántabro. Se tienen noticias de que existió un jefe importante en Cantabria, llamado Corocotta, cuya cabeza fue puesta a precio por Augusto. Pero existen muchas dudas sobre este tema, en primer lugar que no se tiene siquiera la seguridad de que Corocotta fuera cántabro, no se sabe con certeza, se trata solo de una sospecha. Se supone que el hecho de hablar de él durante la guerra de Roma en Iberia, siendo en aquella época la única guerra en España, la del Norte, se supone que fue durante las Guerras Cántabras. No obstante, se ignora si el caudillo pertenecía a alguna de las tribus cántabras ya que estos eran los más destacados entre los enemigos de Roma, o si era astur ya que este pueblo también participó en la guerras, si bien las crónicas referentes a la presencia del emperador Augusto en la guerra suelen referirse al frente propiamente cántabro, que fue donde actuó personalmente el emperador romano, precisamente para contrarestar la fuerza de Corocotta.. Y el mérito que se atribuye a Corocotta es el de que, bajo su mandato, se unieron unos clanes que hasta entonces no habían tenido conciencia de unidad superior, de nacionalidad. Logró que se rebelaran al mismo tiempo todas las tribus de Cantabria. Y fue bajo su mando el que fuera Cantabria y no otros pueblos limítrofes, los que constituyeron una infranqueable barrera que, durante diez años, mantuvo a los ejércitos de Roma sin dominar su territorio, obligando a la presencia del propio emperador en su intento frustrado de finalizar la conquista de la península. Estos diez años no fueron de una guerra continuada, sino que, después de una derrota, los cántabros entraban en un período de paz o de sumisión que les permitía reponer fuerzas, al cabo del cual volvían, todos a una, a sublevarse contra el invasor: cada dos años, Corocotta volvía a unir a todos los clanes a enfrentarse al ejercito romano lo que supuso un desgaste terrible para el ordenado ejército romano y Roma se vio obligado a enviar a dominar a los sublevados a sus más importantes generales. No se conocen claramente los límites que abarcaba el mando de Corocotta ni cuando ni como murió, pero, y pese a que los romanos le citan sólo con el nombre de bandido, según era costumbre llamar a los caudillos iberos, y por la forma de hablar de él y el alto precio que pusieron a su cabeza, hacen suponer que no se trataba de un vulgar jefe de tribu, sino más bien de un caudillo, al estilo de Viriato o Vercingetorix. En todo caso, aún suponiendo que durante la guerra los cántabros formaran bajo un único mando político, no por eso puede deducirse que Cantabria fuera una unidad política, sobre todo en tiempos de paz, en los que, sin duda, cada tribu sería independiente, como ocurría con otros pueblos de España y de la Galia. Se tienen ideas poco claras sobre el sistema interno de gobierno de tribus y clanes pero parece que los ancianos desempeñaban un papel importante en el gobierno del clan. Estructura social Por lo que se refiere a la estructura social sí se tienen mayores datos. El dato más destacado de la sociedad cántabra es la presencia clara de una estructura matriarcal de notable relieve. Según Estrabon, es el marido quien debe aportar dote al matrimonio y no a la inversa como ocurre en otras sociedades. Como segundo dato, tenemos que son las mujeres las que heredan, y no los hijos varones, a diferencia de lo que ocurre en las sociedades patriarcales. Tercero: por esta razón son las hermanas las que deben preocuparse del matrimonio de sus hermanos, debiéndoles suministrar medios para ellos. Finalmente, la mujer es quien cultiva el campo, mientras el hombre se dedicaba a otros menesteres, tales como la caza, la guerra, etc. La preponderancia que la mujer adquiere en este régimen social se manifiesta hasta en la vida religiosa, con diosas y sacerdotisas, y trasciende a la vida política. Pero esto no significa que no existiera una autoridad paterna como demuestra una escena bélica narrada por Estrabón donde aparece un padre prisionero ordenando a su hijo quitar la vida a sus padres y hermanos, orden que es cumplida al punto por el hijo obediente. Parece claro que se practicaba la monogamia pero con la existencia de lo que se llama marido desconocido. Se desarrolla lo que se llama avunculado, donde el tío materno es el que hace las veces de padres de su sobrino. Según esta costumbre, el padre, como tal, no tiene gran influjo sobre su mujer e hijos, y a veces ni siquiera vive de un modo habitual con ellos, mientras que éstos están bajo la potestad del hermano de su madre, es decir, del tío materno. El padre, a su vez, ejercerá la potestad en su casa materna como tío: avunculus. Poco se sabe de otros aspectos de la vida de sociedad de los cántabros. Conocemos algunas de sus leyes penales, como la que se refiere al castigo de los parricidas, a quienes se les sacaba fuera de la aldea y se les apedreaba. Los demás crímenes estaban condenados con el despeñamiento desde lo alto de una roca. También se sabe que los ancianos, que no valían para la guerra, se suicidaban para no ser una carga para el Clan. Régimen económico Estrabón insiste repetidas veces en el bajo nivel de vida de las tribus del norte de la Península, así como en la pobreza del país. El régimen matriarcal está íntimamente ligado a pueblos agricultores. Las especies cultivadas debían de ser, no obstante, muy escasas y de poco valor. Acaso tuvo más importancia el pastoreo. Se sabe que la base de la alimentación era la carne de cabra. Por otra parte, los jamones cántabros eran muy ponderados en el Imperio, de donde se deduce que la cría de cerdos debía ser una buena fuente de riqueza para el país. Parece evidente que entonces existía ya, como especie doméstica, la vaca del país, que proporcionaba carne y leche. Es la raza que hoy se llama preferentemente tudanca. Junto a la agricultura y el pastoreo, no podemos olvidar sus equivalentes ancestrales en sociedades más primitivas, a saber: la recolección de la bellota y la caza de jabalíes, rebecos, etc. Otra importante fuente de riqueza la constituía el pillaje organizado en los pueblos vecinos: autrigones, turmogos y vacceos. Al llegar la época propicia, los cántabros invadían las tierras de los pueblos limítrofes, saqueando el fruto de sus cosechas. Este, precisamente, fue el motivo escogido por Roma para iniciar su guerra contra los cántabros. Pero, sin duda, el recurso económico de más valor en Cantabria era la minería. Estrabón nos habla de minas de sal, que, sin duda, han de situarse en la comarca de Cabezón de la Sal. La blenda fue explotada en las minas de Reocín y Comillas. Asimismo eran famosas las minas de plomo y de cobre y el metal más importante y de mayor cantidad de Cantabria que era el hierro. El comercio exterior está bien documentado a través del estudio de objetos encontrados en el país que provienen de las islas Británicas por lo que se deduce que tenían relaciones marítimas con otros pueblos del océano. Estrabón habla de la escasa importancia de las naves cántabras, consistente en barcos fabricados con cueros, y más tarde, cuando toman contacto con los romanos -antes de la conquista-, naves de troncos de árboles. Esto no impide creer en la existencia de un comercio marítimo, ya que se sabe de otros pueblos costeros atlánticos, navegaban con semejantes embarcaciones de pieles. Desde los tiempos de la conquista romana, los puertos cántabros debieron de tener bastante movimiento de naves romanas. Plinio cita en la costa de los cántabros tres puertos. En esta época existía ya una buena red de comunicaciones en el interior del país, algunas de cuyas vías aparecen citadas en los itinerarios y otras se han conservado, en parte, hasta nuestros días. Los poblados y sus casas El típico poblado indígena del noroeste de España, en la época prerromana, es el llamado castro, una ciudad o aldea fortificada que se asienta sobre un alto. El recinto amurallado tiene planta circular o elíptica, y las casas del interior son muy pobres y apenas si se han hallan ordenadas con algún sentido urbano. Jesús Carballo ha distinguido en Cantabria dos tipos de castros: el castro clásico, generalmente de grandes dimensiones, que aparece en la zona sur de Cantabria y el castro pequeño, casi como si fuera sólo una atalaya, sobre un pequeño monte escarpado, generalmente de aspecto cónico muy regular, y que es frecuente en la parte alta de Cantabria. Los castros grandes solían tener amurallamiento de defensa, no así los pequeños. Esto es así porque, como explica Carballo, en la zona alta de Cantabria, el accidentado terreno, así como las enormes masas de arbolado, constituían una buena defensa natural, siendo innecesario habitualmente el uso de poblado fortificado, mientras que en la meseta castellana el hombre no encontraba una defensa natural tan propicia y tenía que verse precisado a edificar grandes construcciones fortificadas. Además de la muralla principal, que puede incluso ser doble, existen otros complejos defensivos, especialmente en las zonas más accesibles del castro como pueden ser los vallados terreros, fosos, etc. Las viviendas de los castros cántabros eran cabañas, generalmente de planta circular que se ubicaban de una forma bastante desordenada dentro del castro y, a veces, fuera del recinto defensivo. Las paredes, un tanto elevadas, solían ser de piedra, pero la cubierta era de paja y ramajes. Parece ser que en el interior, un pilar central de madera ayudaba a sostener la techumbre. Estrabón describe que junto a los muros de las casas cántabras existían unos bancos corridos donde se sentaban, por orden de dignidad, los comensales que asistían a los convites. |
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Vadinienses Alongun |
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Orgenomesci Pembelorum |
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Otras tribus no especificadas Aelariqum |
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Bibliografía |
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Los cántabros Joaquín González Echegaray. Editorial Estudio - 1997 |
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