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Entre 1957 y 1958 realiza una serie de telas inspiradas en el
cuadro de Turner Los funerales en el mar de sir David Wilkie,
produciéndose el fraternal encuentro con María Zambrano, a la luz de cuyas
voces y revelaciones, Alonso inicia su propio camino de perfección. En 1960, se instala en Genainvilliers, cerca de Chartres, que
desde entonces se convierte en su lugar de reflexión e investigación,
centrado principalmente en el análisis de las posibilidades del color puro.
Voluntariamente, Alonso se mantiene al margen de los circuitos comerciales
del arte, fiel a su principio: el arte es una especie de llama espiritual,
el arte se hace para uno mismo, el arte es un producto de la mente, sí, pero
sobre todo es un producto del espíritu y del corazón. Se inicia aquú una
etapa de primitivismo volitivo. Alonso inicia una serie de grandes cuadros
negros construidos a base de polvo de carbón, vegetales quemados, paja,
follajes, tierras, que dan a la obra un espesor e intensidad únicos. Junto a
estas series, realiza otras sobre madera, cartón o papel, en las que continúa
su trabajo de búsqueda y reflexión sobre el color. En 1982 regresa a París, al antiguo estudio de Tal-Coat y expone
en la galería Cahiers d'Art, obras en las que el color es el paisaje mismo. Entre 1986 y 1989, realiza varias exposiciones en la galería
Barbier. A partir de aquí, el color toma todo el protagonismo de la obra,
recreándose el pintor en las infinitas posibilidades de los matérico o
textural. El resultado de su última búsqueda puede considerarse la serie Desastres,
que expone en 1992 en la Galería Sapone de Niza. Repentinamente abandona la coloración y se centra, una vez más,
en el blanco y el negro, en busca de un dramatismo que nunca le abandona. Ya en los últimos años, su obra se ciñe al pequeño formato, sin
cesar nunca de investigar. Los datos biográficos hablan de un tipo excepcionalmente celoso
de su individualidad. Un gran solitario le llamó E.M. Cioran,
en un artículo memorable cuya lectura ayuda a fijar el personaje: Espíritu
generoso e intenso orgullo. Eso es lo que siempre he apreciado de Angel
Alonso, esa inusual coexistencia, esa incompatibilidad fecunda. En otro
siglo, habría sido un monje herético, recitador de plegarias subversivas que
habrían escandalizado tanto a sus superiores como fascinado a los creyentes
amantes de paradojas. Cínico en sus opiniones y, al par, siempre dispuesto a
hacer lo que sea preciso en favor del primero que llega -ese tipo de
contradicción es frecuente entre españoles y rusos-. Desconcertar con gracia,
he aquí el secreto de Alonso. Sus reacciones son imprevisibles,
confundidoras. Le gusta perturbar y, sin esfuerzo ni acritud, lo logra. Sus
opiniones, por ejemplo durante una cena, podrían ser tomadas por
provocaciones, si bien en realidad proceden de la necesidad de animar una
conversación, de salvar una velada: el escándalo por temor al aburrimiento,
ese terror tan frecuente en el centro de un salón. Alonso es un temperamento. No, mejor todavía: es el ser
menos sereno, el menos neutro que existe, y que se mataría al instante si lo
mandaran exiliado al paraíso. Su exposición en 1996 en la Fundación Marcelino Botín de
Santander (que posteriormente viajó al Instituto Cervantes de París y en
enero del siguiente año fue presentada en el Círculo de Bellas Artes de
Madrid), ha representado toda una sorpresa. Ante su obra, plena,
definitivísima, madura, uno se pregunta cómo es posible que haya permanecido
tan alejado de España, y el mercado español tan alejado de su arte. Es un
pintor del que habría que hablar mucho. Su informalismo no es un informalismo
más. Ni su abstracción una abstracción cualquiera. Su producción no atiende a
las razones del mercado. Su producción es anticomercial. Pero su obra es de
una intensidad dramática y una verdad poética pasmosa. Alonso alcanza el
cenit de su quehacer cuando con gruesos empastes de verdadera albañilería
prepara el fortísimo fondo sobre el cual se depositará el colo. A veces, ante
su obra, uno piensa en una paleta de albañil que ha dejado sobre el soporte
una paletada de yeso blanco, sobre el cual se ha posado el negro más puro y
violento como un cuero cansado o como un apretón nocturno. Alonso es un
pintor que merece un estudio sereno. La verdad de su pintura no puede por menos que emocionar: tiene
textura, tiene cuerpo, tiene densidad, tiene ritmo, tiene vibración, tiene
color, tiene verdad, tiene vida, pertenece a la vida. A la vida de un pintor
que pintó para sí sabiendo que pintaba para el tiempo. El pintor ha sido estudiado, con serenidad, profundidad y
largueza, por Francisco Jarauta. Su ensayo Angel Alonso. Un lugar esencial
de la pintura, se me antoja, si no definitivo, que lo es, base ineludible
para futuros estudios. Su conocimiento es poco menos que obligado. Se trata
del trabajo más amplio y sereno que conozco sobre el pintor laredano. De
imprescindible lectura. Jarauta dice sobre Ángel Alonso: En los años setenta y ochenta
Alonso trabaja pacientemente en su obra definitiva. Domina la materia y la
técnica que él mismo se ha dado, y con las cuales consigue corporeizar los
colores que más le obsesionan. Y María Zambrano le dice: Angel Alonso tú no necesitas soñar
ni representarte a ti mismo. Eres según la eternidad que te forja, ello a ti
sin sueño, en mi nombre, María Zambrano. Tal como un rezo en la oscuridad del
ser. El Ayuntamiento de Laredo pretende en el año 2001 crear un Museo
del Color 'Ángel Alonso' dedicado al artista |
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Bibliografía |
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Arte, Diccionario de pintores
españoles - 2ª mitad siglo XX , Antonio
Martínez Cerezo - Revista Época |
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